domingo, 28 de abril de 2013

ROBERTO MUSSAPI

Roberto Mussapi nació en Cúneo (Piamonte) en 1952 y reside en Milán.
Entre otros libros, ha publicado: Gita meridiana, Antartide y La stoffa dell'ombra e delle cose.




LLANURA

Tengo angustia de la llanura, en mi corazón
evoca el mar inmóvil y desanimado
de la bonanza, cuando no sopla brisa
y las velas cuelgan como vampiros por la mañana.
Recuerdo las dunas del desierto, las extensiones,
las largas caravaneras y el lento paso
al mundo de los tártaros, al oriente lejano:
allí fui consustancial a la llanura,
al descenso hacia un continuo ignoto.
Y en mí vive también el viaje de los Magos,
montes llenos de nieve, luego altiplanos,
y largas extensiones lisas donde se posaba el cielo.
Y luego el viento y las olas crestadas,
allá, allende Gibraltar y Cabo de Hornos, hacia Occidente,
en los mares donde el sol se ahoga y muere.
Fueron pesadillas los días de llanura,
mar sin alma, cielo sin aliento,
y nosotros inmóviles sobre la toldilla, como expiando.
Se convirtió en un atlas, aquella aventura:
todo fue allanado y extendido,
nada quedó desconocido.
Así murieron deseo y amor
mientras el dibujo del mundo se cerraba.

Luego, desde la oscuridad y desde el vacío de la bodega
descendimos a las cavernas y tocamos la luna,
el fondo, el origen de la sangre y de la especie,
y allá, en lo alto, hacia las estrellas y el cielo.

Ayúdame a volver a la llanura,
a creer que no ha muerto la aventura
incluso allá abajo donde el tiempo se ha estirado, 
ahora que el horizonte no me angustia,
ahora que sé que no sé,
que estoy de nuevo sucio y en la calle,
que he aprendido otra vez a llorar y a rezar.



PIANURA


Ho angoscia della pianura, nel mio cuore
evoca il mare immobile e disanimato
della bonaccia, quando non spira brezza
e le vele penzolano come vampiri al mattino.
Ricordo le dune del deserto, le distese,
le lunghe carovaniere e il lento passaggio
al mondo dei Tartari, all’ oriente lontano:
lì fui consustanziale alla pianura,
alla discesa verso un continuo ignoto.
E in me vive anche il viaggio dei Magi,
monti pieni di neve, poi altopiani,
e lunghe distese piatte dove posava il cielo.
E poi il vento e le onde crestate,
là oltre Gibilterra e Capo Horn, verso Occidente,
nei mari dove il sole affoga e muore.
Furono incubi i giorni di pianura,
mare senz’anima, cielo senza respiro,
e noi immobili sulla tolda, come a espiare.
Divenne un atlante, quell’ avventura:
tutto fu spianato e disteso,
nulla rimase sconosciuto.
Così morirono desiderio e amore
mentre il disegno del mondo si chiudeva.

Poi, dal buio e dal vuoto della stiva
scendemmo nelle caverne e toccammo la luna,
il fondo, l’origine del sangue e della specie,
e là, in alto, verso le stelle e il cielo.

Aiutami a tornare sulla pianura,
a credere che non sia morta l’avventura
anche laggiù dove il tempo si è steso,
ora che l’orizzonte non mi angoscia,
ora che so di non sapere,
che sono di nuovo sporco e sulla strada,
che ho reimparato a piangere e a pregare.